Dr. Juan Carlos Cambronero Heinrichs

Nuestro Ticotal, el Dr. Juan Carlos Cambronero Heinrichs, es el Talento Destacado del mes de julio, 2026.
Juan Carlos es originario de Pococí, Limón, hijo de un taxista y una trabajadora doméstica. Desde niño soñó con convertirse en científico, vocación que cultivó gracias al sistema de educación pública costarricense. Estudió en la Escuela Líder Astúa Pirie, el Colegio Técnico Profesional de Pococí y el Colegio Científico Costarricense, sede San Pedro, donde obtuvo reconocimientos en la Olimpiada Costarricense de Ciencias Biológicas y en la Feria Nacional de Ciencia y Tecnología.
Es Licenciado en Microbiología y Química Clínica por la Universidad de Costa Rica (UCR). Durante sus estudios fue asistente de investigación en el CIBCM, CIPRONA y CIEMIC, y posteriormente trabajó en el CICA y en la Facultad de Microbiología de la UCR.
Obtuvo el doctorado (Ph.D.) en Ciencia de Cultivos, con especialización en Entomología, por la Universidad de Padua (Italia). Su investigación doctoral se centró en la ecología de los escarabajos ambrosia y las interacciones entre insectos, microbiomas y árboles. Recibió el Royal Entomological Society Student Science Communication Award y el John Henry Comstock Award de la Entomological Society of America, y posteriormente realizó un posdoctorado en esa universidad.
Actualmente desarrolla una segunda etapa posdoctoral afiliado a la Universidad Estatal de Nuevo México (NMSU), donde participa en un proyecto financiado por el USDA sobre la ecología del Virus de la Estomatitis Vesicular en Costa Rica. Además, es profesor visitante del Programa de Investigación en Enfermedades Tropicales (PIET), de la Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional (UNA), e investigador asociado de CENIBiot (CENAT-CONARE).
Su investigación integra la microbiología, la entomología y las ciencias ambientales. Es autor de más de 30 publicaciones científicas realizadas en colaboración con investigadores de Costa Rica, Alemania, España, Estados Unidos, Italia, Reino Unido y otros países.
1. ¿Cuáles en su caso fueron los determinantes y/o oportunidades para salir del país?
Desde muy niño tuve el sueño de ser científico y estudiar insectos. Crecí en una zona rural, rodeado de naturaleza, y pasaba horas observando insectos en el patio de mi casa. Al mismo tiempo, la televisión educativa, los documentales y las enciclopedias despertaron mi curiosidad por la ciencia y alimentaron ese sueño.
La educación pública en Costa Rica y el acceso a becas fueron determinantes para que hoy tenga un doctorado de una universidad extranjera. Mi papá es taxista y mi mamá trabaja en labores domésticas. Nunca pasamos grandes necesidades económicas, pero estudiar en el sistema público y, muchas veces, con becas, hizo posible que llegara a ser el profesional que soy hoy.
Estudié en la Escuela Líder Astúa Pirie y posteriormente en el Colegio Técnico Profesional de Pococí. Gracias a mis profesores conocí el sistema de Colegios Científicos e ingresé al Colegio Científico de San Pedro, donde participé en concursos nacionales de ciencias y obtuve reconocimientos que reforzaron mi decisión de dedicarme a la investigación.
Después ingresé a la Universidad de Costa Rica para estudiar la Licenciatura en Microbiología y Química Clínica, siempre con beca socioeconómica. Desde segundo año fui asistente de investigación en varios centros de investigación de la universidad. Tuve la oportunidad de trabajar con grandes científicos nacionales, incluidos ganadores de premios nacionales de ciencia como los doctores Adrián Pinto y Max Chavarría. Allí acumulé muchísimas horas de laboratorio y, además, pude obtener un ingreso que me permitió continuar mis estudios. Esa experiencia fortaleció todavía más mi pasión por la investigación.
Al graduarme de la licenciatura conseguí un puesto de sustitución en la Universidad de Costa Rica, para trabajar en el Centro de Investigación en Contaminación Ambiental (CICA, UCR). Compartí con muchas personas, pero trabajé principalmente bajo la tutela del Dr. Carlos Rodríguez, otro investigador galardonado con el Premio Nacional de Ciencia. Como suele ocurrir con los nombramientos interinos, fui pasando de un puesto a otro hasta llegar al Centro de Investigación en Enfermedades Tropicales (CIET), donde trabajé en el Laboratorio de Investigación en Vectores (LIVE) junto a investigadores de gran trayectoria, entre ellos la Dra. Adriana Troyo, reconocida como Científica Destacada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología. Para ese momento ya había participado en un buen número de investigaciones relacionadas con la microbiología ambiental y la entomología, y tenía completamente claro que quería dedicar mi vida a la ciencia.
No fue un camino fácil. Durante mis años como interino, recién graduado, tuve contratos de tiempo parcial y necesité mantener varios trabajos al mismo tiempo. Pasaba los días moviéndome de un lugar a otro en San José, muchas veces en bicicleta. La perseverancia fue fundamental. Seguir apostando por la academia significaba renunciar, al menos temporalmente, a mejores ingresos que habría podido obtener como microbiólogo clínico. Sin embargo, nunca dejé de creer que continuar estudiando era la decisión correcta.
Dedicar tiempo y esfuerzo a cuidar mi salud también fue esencial. Soy VIH positivo y tengo un diagnóstico de trastorno esquizoafectivo. Durante algunos años me costó mucho aceptar ambos diagnósticos y convivir con ellos. Sin embargo, el acceso a un sistema público de salud de calidad y a mis medicamentos me permitió, y me sigue permitiendo, desarrollar mi vida profesional. Tanto en Costa Rica como en Europa he podido recibir la atención médica que necesitaba, en el sistema público. Además, encontrar mentores y colegas que continuaron apoyándome sin discriminarme ni estigmatizarme después de conocer mis diagnósticos fue igualmente importante.
En algún momento decidí que quería hacer un doctorado en Europa. Me hacía muchísima ilusión vivir fuera del país y continuar mi formación. Conseguir una beca doctoral tomó cerca de tres años. Durante ese tiempo mejoré mi inglés, escribí a numerosos investigadores europeos, participé en múltiples entrevistas y aprendí a convivir con el rechazo. Finalmente, obtuve una oportunidad para realizar mi doctorado en Europa.
Otro aspecto muy importante ha sido trabajar siempre con compromiso y procurar mantener una buena relación profesional con mis tutores y colegas. Una parte importante de conseguir oportunidades laborales y becas consiste en las referencias que otras personas pueden dar sobre uno. Por eso siempre he tratado de ser una persona responsable, cordial y respetuosa con quienes trabajan conmigo.
Finalmente, nada de esto habría sido posible sin el apoyo incondicional de mi familia y de mis amigos. Mi mamá y mi hermana siempre han estado a mi lado. Sin ellas y sin mis amigos más cercanos, muchos de los momentos difíciles habrían sido mucho más duros. Ellos también fueron determinantes para poder estudiar en el extranjero.
2. En términos generales, ¿cómo describiría sus condiciones de vida en el exterior (p.ej. jornada de estudio y/o trabajo, se han cumplido sus expectativas de lo que sería desenvolverse profesionalmente en el extranjero, principales obstáculos que se le han presentado)
Cuando me mudé a Europa, empecé estudiando en la Universidad de Freiburg, Alemania, y en plena pandemia por COVID-19. Adaptarme no fue fácil. No hablaba alemán y, además, tuve que enfrentar todas las restricciones propias de la pandemia. Mi beca únicamente permitía incorporarse a un seguro médico privado que no cubría mis antirretrovirales. Eventualmente esa situación hizo que perdiera la beca. Aun así, tuve la fortuna de encontrar personas muy buenas que me ayudaron. Mi tutor en Alemania, el Dr. Peter Biedermann, me puso en contacto con otros grupos de investigación y me apoyó para aplicar a nuevas becas.
Gracias a ese apoyo, pude continuar mi formación en Italia. Para entonces las restricciones por la pandemia ya eran mucho más manejables y obtuve una excelente beca de la Fundación CARIPARO. La beca cubría alojamiento, alimentación y un estipendio suficiente para vivir cómodamente.
En la Universidad de Padua encontré un ambiente académico excepcional. Trabajé con los doctores Davide Rassati y Andrea Battisti, quienes desde el primer día me hicieron sentir bienvenido. Conocieron mis diagnósticos médicos, pero nunca permitieron que eso cambiara la manera en que me trataban. Siempre fui un estudiante más, y periódicamente se interesaban por saber cómo estaba de salud. El trabajo también ofrecía mucha flexibilidad: había semanas muy intensas de trabajo de campo y otras con un ritmo más tranquilo. Además, tuve la oportunidad de desarrollar investigación de muy alto nivel, con acceso a presupuestos, equipos y colaboraciones internacionales que enriquecieron enormemente mi formación.
La vida cotidiana en Italia también fue una experiencia muy positiva. Padua es una ciudad donde resulta fácil moverse a pie, en bicicleta o utilizando un excelente sistema de transporte público. Durante esos años conocí personas de muchos países e hice amigos de distintas nacionalidades, lo que hizo que la experiencia fuera mucho más enriquecedora, tanto en lo profesional como en lo personal. En Italia tenía un número mayor de días de vacaciones que en Costa Rica y eso también me permitió períodos de relajación.
Sin embargo, no todo fue sencillo. Con algunos cambios en la legislación del gobierno italiano, varias condiciones cambiaron de forma importante. Por ejemplo, el costo del seguro público de salud aumentó más de veinte veces de un año para otro. Después de terminar el doctorado trabajé un año como investigador posdoctoral, pero el salario apenas aumentó y no era competitivo. De hecho, ganaba menos trabajando como investigador con un doctorado en una universidad italiana que lo que había ganado en muchos de mis trabajos en Costa Rica. Además, al terminar la beca dejé de contar con la residencia y la alimentación subsidiadas, por lo que el costo de vida aumentó considerablemente. También comprendí que, aunque Italia me trató muy bien, nunca dejé de ser extranjero. Vivía en un país hermoso, con una riqueza histórica y cultural extraordinaria y una gastronomía reconocida en todo el mundo, pero siempre era el foráneo. La xenofobia existe y, aunque nunca la viví dentro de mi grupo de investigación, de vez en cuando aparecía algún comentario desafortunado que me recordaba esa condición.
En cuanto a mi salud, la experiencia fue excelente. El Hospital Universitario de Padua es un centro médico de gran prestigio y recibí una atención de muy alta calidad. Mi tratamiento psiquiátrico era incluso más cómodo que en Costa Rica: el antipsicótico que aquí debo tomar diariamente en pastillas, allá lo recibía mediante una inyección cada tres meses. Con los antirretrovirales ocurría algo similar; acudía al hospital únicamente cada tres meses para retirar la medicación. Esa estabilidad en el acceso a la atención médica me permitió concentrarme en el doctorado y desarrollar mi trabajo con tranquilidad.
3. ¿Qué tipo e intensidad de contacto profesional mantiene con CR?
Durante mi tiempo en Europa nunca perdí el vínculo con Costa Rica. Mantuve un contacto muy cercano con los grupos de investigación con los que había trabajado anteriormente y continué colaborando con ellos en publicaciones científicas. También seguí recurriendo a mis antiguos tutores para pedirles consejo y conversar sobre mi desarrollo profesional.
Cada vez que visitaba Costa Rica aprovechaba para reunirme con ellos y hablar sobre posibles oportunidades para regresar al país. Además, durante todo el doctorado contacté a investigadores e instituciones costarricenses para explorar posibilidades de trabajo una vez terminara mi formación. Aunque estaba construyendo mi carrera en Europa, siempre tuve claro que quería volver y aportar lo aprendido a la investigación científica en Costa Rica.
4. Recomendaciones de iniciativas que apoyen que el talento en el extranjero actúe como agentes del desarrollo en Ciencia y Tecnología.
Recomiendo afiliarse a sociedades científicas internacionales. Soy miembro de la Entomological Society of America, la Royal Entomological Society, la British Mycological Society y la Federation of European Microbiological Societies. Gracias a estas organizaciones he obtenido becas y premios, he sido invitado a impartir charlas y revisar manuscritos científicos, además de ampliar mi red de colaboración internacional. Considero que participar activamente en estas sociedades fortalece el desarrollo profesional y abre numerosas oportunidades académicas.
5. ¿Estaría dispuesto(a) a regresar al país si se presentan las posibilidades idóneas?
Desde siempre quise volver a Costa Rica. Amo la naturaleza de nuestro país. Además, aquí había construido una red profesional que me habría costado muchos años volver a desarrollar en otro lugar. Mi mamá, mi hermana y mis amigos más cercanos también están aquí. Siempre sentí que quería hacer ciencia en Costa Rica y hacer preguntas de investigación sobre problemáticas locales.
Durante el doctorado y después de terminarlo toqué muchas puertas para regresar a trabajar en investigación. Fue un proceso que requirió paciencia. Finalmente, gracias a la recomendación de colegas y antiguos tutores, fui seleccionado como investigador postdoctoral en un proyecto liderado por la Dra. Kathryn Hanley, de New Mexico State University, Estados Unidos, que se desarrolla en colaboración con la Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional, en el prestigioso Programa de Investigación en Enfermedades Tropicales (PIET), donde actualmente trabajo como Profesor Visitante. En este proyecto estudiamos la ecología de la estomatitis vesicular, una enfermedad viral transmitida por insectos.
Al mismo tiempo, conseguí un puesto de investigador a tiempo parcial en CENIBiot, del CENAT-CONARE, apoyando proyectos de la unidad de Eco-Salud y Bioensayos en temáticas relacionadas a entomología y microbiología. Estas oportunidades me hicieron comprender que una parte importante de construir una carrera científica consiste en mantener buenas relaciones profesionales y cultivar las colaboraciones a lo largo del tiempo.
También aprendí que es importante adaptarse a las oportunidades que van apareciendo. En el doctorado me especialicé en entomología agrícola y forestal, pero al regresar las oportunidades disponibles estaban en entomología médica. Permitirme aprender de diferentes áreas de la entomología y la microbiología me permitió volver al país y seguir desarrollándome como investigador.
Finalmente, creo que una de las lecciones más importantes es tener paciencia. No todo se resuelve de inmediato. Incluso después de regresar a Costa Rica he participado en concursos para puesto en los que no he podido ser elegible porque mi título de doctorado aún se encuentra en proceso de reconocimiento y equiparación por parte de CONARE y la Universidad de Costa Rica, algo que toma tiempo. Además, trabajar en investigación en el país implica enfrentar limitaciones administrativas, económicas y de infraestructura, y que no se viven en Europa. Aun así, considero que vale la pena mantener una actitud positiva, seguir preparándose y aprovechar las oportunidades que van surgiendo. La perseverancia ha sido, probablemente, uno de los factores más importantes de toda mi trayectoria.
6. ¿Cuáles incentivos considera pertinentes para retener al talento científico en el país?
Considero que uno de los factores más importantes para evitar la fuga de cerebros es ampliar las oportunidades laborales para personas con formación doctoral. Aunque la Universidad de Costa Rica cuenta con un sistema de postdoctorados desde 2017, hasta donde tengo conocimiento las demás universidades públicas no disponen de programas similares. Incrementar las oportunidades de realizar estancias postdoctorales con salarios competitivos permitiría atraer y retener a más costarricenses que se especializan en el extranjero.
Otro aspecto que favorecería el retorno del talento es que una mayor proporción de los concursos para plazas de investigación fueran externos y abiertos a personas no funcionarias de las distintas universidades e instituciones. Además, sería deseable que estos procesos fueran menos endogámicos y que las universidades y centros de investigación estuvieran más abiertos a incorporar investigadores con trayectorias y líneas de trabajo afines a los intereses de las unidades académicas. Permitir que más personas establezcan y consoliden sus propias líneas de investigación fortalecería la innovación y diversificaría las capacidades científicas del país.
También es necesario simplificar procesos administrativos como el reconocimiento y equiparación de títulos obtenidos en el extranjero y los concursos para puestos públicos, que actualmente pueden tardar muchos meses y necesitan de la presencia de la persona interesada en Costa Rica, lo que dificulta el regreso de investigadores al país.
Finalmente, Costa Rica ofrece una excelente calidad de vida. Es un país con un sistema de salud pública sólido, una gran riqueza natural y un alto nivel de bienestar en comparación con muchos otros países, factores que constituyen un atractivo importante para regresar. Sin embargo, abordar problemas como la inseguridad, el congestionamiento vial, la falta de transporte público de mejor calidad y la burocracia excesiva también contribuiría a retener talento. En conversaciones con otros científicos costarricenses que trabajan en el extranjero, estos temas surgen con frecuencia como razones que dificultan o desincentivan su regreso al país.
7. En su área de trabajo, ¿cuáles serían las necesidades de desarrollo del área en CR?
Soy microbiólogo y, a lo largo de mi carrera, he desarrollado investigación tanto en microbiología ambiental como en entomología. Desde esa experiencia, considero que la entomología representa una de las disciplinas con mayor potencial de desarrollo en Costa Rica. Resulta paradójico que, siendo uno de los países con mayor biodiversidad del mundo, aún contemos con una capacidad relativamente limitada para estudiar su extraordinaria diversidad de insectos.
Un ejemplo de ello es que las claves taxonómicas utilizadas para identificar algunos grupos llevan décadas sin actualizarse. Durante mi doctorado en Italia trabajé con escarabajos que constituyen importantes plagas forestales. Allí existe una comunidad científica consolidada dedicada a este grupo, por lo que se conoce con bastante detalle qué especies habitan cada región, cuáles son sus ciclos biológicos, cuándo ocurren sus picos poblacionales y cómo responden a diferentes condiciones ambientales. Ese conocimiento facilita tanto la investigación básica como la toma de decisiones para el manejo de estas plagas.
En Costa Rica, pese a albergar una diversidad de insectos mucho mayor, todavía existen importantes vacíos de conocimiento sobre la distribución, abundancia, historia natural y ecología de numerosos grupos. Esta situación no se limita a los escarabajos. Incluso en insectos relativamente bien estudiados, como los mosquitos, aún desconocemos aspectos fundamentales sobre la presencia, distribución y ecología de muchas especies en distintas regiones del país.
Por ello, considero prioritario fortalecer la formación de especialistas y la investigación de campo. El país necesita programas de monitoreo de insectos de importancia para la salud pública, la agricultura, la ganadería y los ecosistemas forestales, así como una mayor inversión en taxonomía, herramientas moleculares, entre otras.
También sería muy valioso impulsar programas de posgrado especializados en entomología y crear más oportunidades para que jóvenes investigadores desarrollen carreras en esta disciplina. Estoy convencido de que en Costa Rica aún existen numerosas especies de insectos por descubrir y múltiples interacciones ecológicas que permanecen sin estudiar. Invertir en entomología no solo ampliaría nuestro conocimiento sobre la biodiversidad nacional, sino que también tendría beneficios concretos para el manejo de plagas, la vigilancia de enfermedades transmitidas por vectores, la conservación de los ecosistemas y el desarrollo sostenible del país.
Otro aspecto que considero fundamental es la creación de una sociedad entomológica costarricense. Formo parte de dos sociedades internacionales de entomología y he comprobado el enorme valor que estas organizaciones aportan mediante congresos, seminarios, redes de colaboración y oportunidades de formación. Una sociedad nacional de entomología permitiría fortalecer la comunidad científica, promover el intercambio de conocimientos y generar una masa crítica de especialistas. Además, abriría la puerta para que Costa Rica pudiera integrarse formalmente a la Federación Entomológica Latinoamericana (FELA), que reúne a las sociedades entomológicas de la región y organiza congresos científicos de gran relevancia.
8. ¿Desearía plasmar algún comentario adicional?
Agradezco mucho a la Academia Nacional de Ciencias por brindarme la oportunidad de compartir mi experiencia en esta entrevista.
Desarrollar una carrera científica nunca es fácil, pero la curiosidad y el deseo de comprender el mundo hacen que el esfuerzo valga la pena. Aunque todavía siento que tengo mucho por aprender, también he comprendido la importancia de valorar el camino recorrido y disfrutar las oportunidades que la ciencia me ha brindado.
La ciencia exige perseverancia y resiliencia. Equivocarse, recibir críticas y enfrentar rechazos forma parte del proceso. Sin embargo, también he aprendido que el éxito no depende únicamente de los conocimientos técnicos. Es igual de importante construir relaciones de confianza, colaborar con generosidad y ser una persona con la que otros quieran trabajar.
En la academia es fácil sentir que nunca es suficiente y que siempre queda una meta más por alcanzar. Sin embargo, también es importante detenerse de vez en cuando, mirar hacia atrás y reconocer el camino recorrido. Todos necesitamos, de vez en cuando, ponernos una estrellita en la frente y celebrar nuestros avances.
Finalmente, creo que hacer ciencia requiere trabajar con dedicación, pero también aprender a descansar, cuidar la salud física y mental y cultivar una vida equilibrada. La curiosidad es el motor de la investigación, pero el bienestar es lo que permite sostener esa curiosidad a lo largo de los años.
Si algo he aprendido en este camino es que el talento es importante, pero rara vez es suficiente por sí solo. Las oportunidades nacen del trabajo constante, de la perseverancia, de la generosidad de quienes nos enseñan y de la capacidad de seguir adelante incluso cuando las cosas no salen como esperábamos. Ojalá cada vez más jóvenes costarricenses descubran que la ciencia también puede ser un proyecto de vida y que nuestro país continúe creando las condiciones para que puedan desarrollarlo aquí.